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La inteligencia hormonal

Si observamos detenidamente el comportamiento de las plantas percibiremos que existen indicios de conductas inteligentes. Las flores han desarrollado mecanismos de seducción francamente ingeniosos para utilizar a los insectos como porteadores del polen fecundizante.

¿Existe la inteligencia vegetal?

La teoría de la evolución explica este comportamiento como un mecanismo adaptativo de convolución de ambos grupos: los insectos obtienen alimento del néctar de las flores y las flores aprovechan la visita de los insectos para dispersar el polen.
Este tipo de coevolución podría entenderse perfectamente como un sistema de prueba y error a lo largo de varios millones de años: las variedades genéticas presentan varias alternativas y se seleccionan las más favorables.
Sin embargo, ¿cómo explicar el mecanismo mediante el cual las flores engañan a los insectos copiando la forma y los aromas de la hembra? Evidentemente la planta resulta beneficiada; pero para el insecto es un fraude contrario al beneficio de la coevolución. ¿Cómo es posible, además, que la planta logre emular tan fielmente a la hembra del insecto polinizador? Y no solo eso, ¿cómo ha logrado sintetizar su propio aroma?
Otro ejemplo curioso lo observamos en las plantas carnívoras. La distribución de las trampas para atrapar a los insectos a partir de los cuales obtendrá los nitratos y fosfatos que necesita para realizar la fotosíntesis está concebida de tal forma que se evita la captura de los insectos polinizadores específicos y están dirigidas a atraer hacia las mismas a los insectos que no buscan el néctar de sus flores sino otras substancias que son producidas como cebo en las hojas transformadas en mortales trampas.
Es llamativo también el hecho de que géneros diferentes y con distinta distribución mundial hayan desarrollado mecanismos semejantes. Lo lógico sería que evolucionaran a partir de un tronco evolutivo común.
También son llamativas las adaptaciones estructurales para incrementar la eficacia de las trampas evitando mediante espinas, ceras y cerdas deslizante que el insecto atraído a la trampa tenga la mínima posibilidad de escapar con vida.
Considerando el árbol evolutivo de los seres vivos, el sistema de coordinación endocrina es más primitivo que el sistema nervioso que fue adoptado exclusivamente por los animales. No obstante, en los animales coexiste la coordinación endocrina con la nerviosa y, curiosamente, la coordinación se establece a nivel del cerebro, concretamente en el hipotálamo que se encuentra en la base del encéfalo y produce factores liberadores e inhibidores de la secreción de hormonas. Además el hipotálamo posee en su base una pequeña y multifacética glándula endocrina que regula las secreciones hormonales de otras glándulas distribuidas en otras partes del cuerpo.
Por lo tanto podríamos suponer que el desarrollo del sistema nervioso de los animales tuvo lugar a partir de las principales glándulas de coordinación endocrina, por así decirlo, una especie de cerebro o centro de coordinación glandular.
Suele ocurrir que cuando se incrementa la eficacia de un órgano de los sentidos se hace en detrimento de otro u otros órganos sensoriales que, al ser menos imprescindibles para la supervivencia de la especie, van perdiendo su eficiencia progresivamente. Por lo tanto, podría suceder que en los animales la eficiencia del sistema endocrino fuera inferior a la de los restantes seres vivos.
No obstante tenemos muchos ejemplos que nos muestran que las alteraciones en el sistema hormonal modifican la percepción sensorial a través del sistema nervioso. Muchas de las enfermedades mentales están asociadas a disfunciones hormonales y también sabemos que las drogas, que podemos considerarlas como falsas hormonas, alteran las percepciones recibidas a través del sistema nervioso, modifican el estado de ánimo e incluso producen visiones que los afectados juran percibir a través de sus propios ojos.
Desde este punto de vista podemos asegurar que nuestros órganos sensoriales perciben lo que nuestro sistema endocrino decide que veamos.
Un tema sumamente interesante es el de las feromonas u hormonas ambientales. Se trata de hormonas liberadas por los seres vivos en el medio externo y que permiten una forma de comunicación entre los individuos de la misma e incluso diferente especie. Los estímulos en forma de olores también son percibidos por los animales y suelen ser muy útiles como estímulos u atractivos sexuales. Seguramente nos pasan desapercibidas muchas de las formas de comunicación química características de los seres vivos con un sistema de coordinación exclusivamente hormonal.
Investigaciones recientes sobre bacterias patógenas han puesto al descubierto esta comunicación química y su importancia en el desencadenamiento de las enfermedades.


Se cita como uno de los misterios de la naturaleza la pasión obsesiva que algunas personas suelen tener por las orquídeas. He leído casos de auténticas locuras y pasiones incluso más fuertes que las producidas por la pasión amorosa. Estas situaciones que nos parecen absurdas a las personas que estamos en nuestro sano juicio quizás tengan una explicación a través de la fuerza comunicativa de esta misteriosa flor.
Además, ¿cómo podemos saber que estamos en nuestro sano juicio si nuestra percepción del mundo, nuestro estado de ánimo, nuestras alegrías, nuestras tristezas y nuestras pasiones están reguladas por el sistema hormonal, no solo interno sino también externo?
Quizás algún día la ciencia descubra una inteligencia endocrina u hormonal y llegaremos a hablar de un órgano de coordinación general equivalente al cerebro de los animales. ¿Descubriremos que existen o han existido plantas con una inteligencia equiparable a la de la especie humana? ¿Será el embrujo de la orquídea una muestra de su inteligencia superior?
Desde este momento me atrevo a sugerir que las orquídeas son las plantas más inteligentes.

Ampliar información:
El vicio de la orquídea.
¿Pertenecen las plantas carnívoras al tercer nivel trófico?
Plusmarcas vegetales.
El lenguaje de las bacterias.

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